Las aventuras de don Quijote en Sierra Morena (V)

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Como investigador independiente del Quijote reconozco que hay momentos que llenan de satisfacción las tantas horas de archivos y estudio que no aportan absolutamente nada, y que llegan incluso a replantearte el seguir con el proyecto iniciado. En esta fotografía me encuentro en el mismo lugar donde estaba situado el Batán del Navarrillo, el batán que tanto miedo dio a nuestros vecinos manchegos.

Documentalmente lo tenía localizado, solo me faltaba localizar el lugar exacto, sabiendo que sus restos habían desaparecido hacía muchos años. Sin la ayuda del personal de la finca en la que se encuentra este paraje, La Garganta, no me habría sido posible llegar a este precioso lugar cervantino. Cargado de mapas antiguos, modernos, minutas de los topógrafos de 1860 y el Quijote, llegamos a la orilla de este Arroyo del Navarrillo, por el que hoy corre un hilo de agua.

Unos minutos de reconocimiento del lugar y pronto me sitúo sobre en el antiguo Camino a San Benito cruzando este arroyo, casi desaparecido, exactamente como marcan mis documentos, pero sin rastro del batán. Hasta que aparecen unos restos de antiguos ladrillos y tejas árabes, moldeadas a mano, en una pequeña explanación junto al arroyo, que pertenecería al tejado de la casa del batanero donde guardaba los paños. Poco antes habíamos estado en un prado muy cercano a este lugar, tal y como Cervantes lo describe, y donde don Quijote y Sancho almuerzan, comen y cenan al mismo tiempo, de la despensa que habían cogido de los clérigos del cortejo fúnebre.

Sé que soy el primero, junto con José María, en estar en este precioso lugar vinculado con el Quijote. Y también sé que en este mismo lugar estuvo, hace más de cuatro siglos, un funcionario de la Corona Española enamorado del teatro y de la poesía, de nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Por su cabeza ya rondaban las aventuras de un pobre hidalgo manchego y de su, no menos pobre, amigo y vecino agricultor, y los trajo en la ficción hasta este paraje real, en medio de una noche de verano.

Lean esta aventura del Quijote en la que los ruidos de los mazos del batán se mezclan con los ruidos de las tripas de Sancho Panza.

 

EL RUIDO DEL BATAN

Don Quijote quiere ver lo que realmente llevaban en la litera de aquel cortejo fúnebre, pero Sancho le convence que no lo haga. Con la comida que había requisado de los encamisados sobre su querido borrico, hambriento y con miedo a que volviesen aquel grupo de encamisados a vengarse de ellos, reconociendo en la oscuridad el paraje donde se encuentran, y que el camino va  subiendo de nivel entre la sierra, dice a don Quijote:

“… El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar le siguió. Y a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle,donde se apearon, y Sancho alivió el jumento, y tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera, que los señores clérigos del difunto -que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían…” (I, 19)

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Estas “dos montañuelas” por las que el camino transita son el Pico de Peñarroya y el Puntal de las Aguzaderas. Y llegan al valle donde se apean, donde almorzaron, comieron, merendaron y cenaron. Están entre el Arroyo de la Ribera y el Arroyo del Navarrillo, paraje donde también se encuentra el Batán del Navarrillo. Han caminado de noche tres kilómetros desde el encuentro con los encamisados.

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Sacian su hambre con la comida que había desvalijado Sancho de la mula de las provisiones del cortejo fúnebre, pero no la sed, pues no llevaban ni vino ni agua. Al estar en un valle verde supone Sancho que un arroyo o una  fuente tiene que haber cerca y se ponen en su busca, cuando comienzan a escuchar el ruido del agua y también otro muy distinto:

“Parecióle bien el consejo a don Quijote, y tomando de la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna;mas no hubieron andado doscientos pasos cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera; y parándose a escuchar hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.” (I, 20)

 

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De noche, fuera del camino, sin saber donde estaban, con el rumor del  agua bajando el desnivel por arroyo y los golpes cadenciosos de los grandes mazos de madera del batán, aguas abajo, ruidos, estos, desconocidos  especialmente por don Quijote, hacen que busquen refugio cerca de unos árboles que allí estaban, y están, junto a las orillas de los arroyos de la Ribera o del Navarrillo. Don Quijote reconoce que, en esas circunstancias, tener miedo es legítimo en Sancho, pero no en él. Dispuesto a descubrir al causante de tal horroroso ruido, ordena  a Sancho que si no vuelve en tres días de esta aventura se vuelva a su casa, y desde allí a El Toboso, con la noticia de su muerte. Esta orden provoca el llanto de Sancho, que intenta convencer a don Quijote de abandonar aquel sitio y quitarse del peligro, o incluso de esperar a que se hiciese de día que, según él, no quedaba más de tres horas. Don Quijote no acepta ninguna súplica ni demora, pidiendo a Sancho que le apriete la cincha de la silla a Rocinante, momento que aprovecha Sancho para atarle las patas delanteras a Rocinante con el cabestro de su borrico, y así, no se podría mover aunque quisiese, o solo a pequeños y ridículos saltos. Don Quijote trataba de hacer caminar a Rocinante, sin darse cuenta del engaño, y creyendo que la incapacidad de caminar de Rocinante era un designio divino  decide esperar a que amaneciese.

Sancho le sugiere que se baje del caballo y que se eche a dormir en aquel prado, lo que provoca el enojo de don Quijote. Aquí comienza una de las partes más conmovedoras y graciosas del Quijote. Sancho se sujeta de los arzones de la montura con ambas manos quedando abrazado a la pierna de don Quijote y, a petición de don Quijote, comienza a contarle un cuento para así pasar el tiempo. Sancho le cuenta la historia de un pastor de Extremadura, enamorado de una pastora… En fin, mal terminado el cuento, don Quijote quiso de nuevo hacer andar a Rocinante que, lógicamente, no pudo dar ni un paso.

Y para quien dice que el Quijote es aburrido, porque no ha llegado a leer este capítulo o por su falta de sentido del humor, Cervantes describe toda la humanidad de Sancho, y la de sus tripas. Sin dejar de estar abrazado a la pierna de don Quijote, con ingenio se aflojó los calzones y “echó al aire entrambas posaderas”.  Pero le vino un aprieto mayor, con algo más de ruido y olor, lo que fue oído y olido por don Quijote, que le ordena, sin quitarse los dedos de las narices, que se aparte unos pasos de él, tomando el acto de Sancho como un menosprecio a su persona. Y en estas delicadas circunstancias llegan las primeras luces del día:

“En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo, pues, don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.

Acabó en esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente las cosas, y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos; que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quien lo podía causar…” (I, 20)

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Don Quijote le recuerda a Sancho lo que le había dicho horas antes, de estarse allí tres días esperando acontecimientos, pero Sancho, por miedo a quedarse solo allí, sigue a don Quijote hacia donde provenían aquellos golpes:

“… y habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba… Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrosísimo y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban.” (I, 20)

Cuando don Quijote y Sancho vieron la causa, reventaron a reír. Sancho comenzó a repetir las razones, en modo de burla, que llevaron a don Quijote a ser caballero andante, enojando a don Quijote, que furiosamente golpea a Sancho en la espalda con el lanzón, argumentándole también que no está obligado a conocer los sones o los ruidos de un batán, como hidalgo que era,  exento de trabajar, y por lo tanto a conocer aceñas, molinos de viento, batanes, etc, que sí tenía que haber reconocido Sancho, como agricultor a jornal que era: “Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos”.

Luis Miguel Román Alhambra

Alcázar Lugar de don Quijote https://alcazarlugardedonquijote.wordpress.com/2017/06/13/las-aventuras-de-don-quijote-en-sierra-morena-v/

 

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Archivado bajo Alcázar de San Juan

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